martes, 29 de noviembre de 2016

La Centroamérica Posmoderna



Hablar de la posmodernidad es un tanto complicado, pero hablar sobre la posmodernidad centroamericana constituye una tarea titánica. 

La primera dificultad con la que Centroamérica se encuentra a la hora de hablar de la posmodernidad o el posmodernismo, es la confusión temporal con el movimiento de hace un siglo, liderado por aquel que puso a la región en el mapa literario: Rubén Darío. Claro que este es un problema trivial, sin embargo, para quienes (como nosotros, estudiantes de literatura) tienen un primer contacto con la investigación de la posmodernidad centroamericana, esto constituye una gran dificultad que confunde hasta al más listo. 

El siguiente problema sí es un poco más profundo y es sobre cierto desface literario que ha mantenido la región a lo largo de la historia (siempre siendo los últimos en todos los movimientos). Esto ha causado que, por ejemplo, se hable de vanguardias centroamericanas o incluso de costumbrismo, cuando en el resto del mundo ya comenzaba a vislumbrarse la posmodernidad, en la década de los 60's y 70's (el inicio de la posmodernidad es muy difuso y hay quienes lo sitúan desde los 50's, algunos otros desde los 60's, con la aparición de las subculturas).


Portadas de obras testimoniales
centroamericanas
Unido a todo esto tenemos, como decía anteriormente (tomando las palabras de Lyotard), que la posmodernidad no es tanto una época como una condición. Así pues, podemos hablar sobre la posmodernidad desde la posliteratura del testimonio (concepto discutido por Mackenbach aquí), pues la posmodernidad promueve la aparición y el realce de las microhistorias, que constituyen, entre todas, la Historia Universal y, según Margareth Randall (en Mackenbach, 2004) es lo que hace el testimonio: reconstruye la verdad de la historia, desde un punto de vista marginal, de un sujeto subalterno, oprimido y olvidado por la sociedad hegemónica. Así pues, el testimonio se constituye como un canonizador de lo anti-canónico y la forma por excelencia de expresión del proletariado, especialmente contra las dictaduras centroamericanas. Por esta condición subversiva y anticanónica es que el testimonio se convierte en una posliteratura (Mackenbach, 2004). Y, aunque el testimonio surgió como una forma de expresión en los procesos revolucionarios, no se puede limitar únicamente a ellos, así lo dice Mackenbach en el siguiente texto:


Temáticamente, el testimonio no puede ser reducido a los relatos magistrales de la guerrilla, del «hombre nuevo», de la liberación nacional, de las utopías sociales y proyectos revolucionarios. Más bien es una «obra abierta» que se ofrece como recipiente de relatos de diversa índole, hasta cortar definitivamente los lazos simbióticos revolución-testimonio y servir como caja de resonancia de las nuevas voces subalternas, es decir, los marginados del proceso revolucionario mismo. Esta hibridez existe también en relación con las presentaciones narrativas, las estrategias discursivas y los grados de ficcionalización en el testimonio. En especial, a partir de los años noventa el testimonio se vale de una variedad de técnicas y perspectivas narrativas e incorpora formas no y hasta anti-miméticas de representación. La literatura testimonial está caracterizada por diferentes grados de cercanía y distancia con otros géneros o sub-géneros literarios, como, por ejemplo, la autobiografía, la biografía, la epopeya, el documental, el relato periodístico, la novela, etc. (Mackenbach, 2004, paraf. 21).

Entonces, el testimonio da lugar a que todo sujeto narre la historia desde su propio punto de vista, sin importar su condición social o ideológica. Sin embargo, el testimonio se deja un poco de lado tras los procesos revolucionarios de los 80's y Centroamérica entra en otra etapa de su posmodernidad: la posrevolución o la posguerra.



En la literatura de posguerra centroamericana reina el cinismo y el desencanto. De hecho, se crea una estética del cinismo, estudiada por Beatriz Cortéz en su libro homónimo, en el cual plantea que esta estética es una "sensibilidad del desencanto", desde la cual se replantea el proyecto revolucionario que terminó de forma tal que aún está en discusión que hubiera algún ganador tras los procesos de paz. Así, ella plantea que:

[..la ficción] pinta un retrato de las sociedades centroamericanas en caos, inmersas en la violencia y la corrupción. Se trata de sociedades con un doble estándar cuyos habitantes definen y luego ignoran las normas sociales que establecen la decencia, el buen gusto, la moralidad y la buena reputación. El cinismo, como una forma estética provee una guía para sobrevivir al sujeto en un contexto social minado por el legado de violencia de la guerra y por la pérdida de una forma concreta de liderazgo. El período de posguerra en Centroamérica es un tiempo de desencanto, pero es también una oportunidad para la exploración de la representación contemporánea de la intimidad y de la construcción de la subjetividad. (27-28) (en Leyva, 2010, p.5). 

De esta forma, se van definiendo las características de la literatura de posguerra, que se corresponden bastante con la posmodernidad. El humano de posguerra (como el posmoderno) está desencantado de la vida, se fragmenta y se vuelca sobre sí mismo en una espiral de egocentrismo, en la cual narra su propia historia, su individualidad, la cual se vuelve parte de las multiples individualidades que luchan por hacerse escuchar. Sobre este tema, habla también Escamilla (2011), cuando plantea que:



El cinismo, hechos históricos novelizados, el desencanto y tantos otros aspectos confluyen como manifestaciones en una época donde la producción de novelas muestra una pluralidad de tendencias estéticas, temáticas y de técnicas narrativas.
(...)En el presente sólo es posible pensar en la diversidad y señalar tendencias (p.53).

De esta manera, en la posguerra se hace visible la diversidad, la mujer toma un papel en la literatura y se pone en juego el tema étnico, la diversidad sexual, entre otros temas que también confluyen en la posmodernidad (Escamilla, 2011).


Además, en Centroamérica también se desarrolla el género literario por excelencia de la posmodernidad: el microrrelato. Así lo dice Zavala (2002), cuando plantea que el microcuento coincide con la fragmentación de la sociedad actual, con la escritura cibernética y otros tantos factores que convierten a las ficciones de un minuto en el vehículo literario perfecto para difundir las ideas del nuevo milenio. Y sin duda, la cuna del microrrelato centroamericano es Guatemala y su padre, Augusto Monterroso.


En Guatemala, el microrrelato jugó un papel importante y no solo a nivel literario, si no también como una forma de expresión contra la dictadura, así lo plantea García (2011):


En un estudio publicado en 1995 en el que analiza textos de José Barnoya, René Leiva, Max Araujo y Edgardo Carrillo Fernández, Francisca Noguerol Jiménez argumenta que el microrrelato guatemalteco contemporáneo está definido por formas oblicuas de expresión, como el humor, la ironía y la parodia, que constituyen “vías de escape para no sucumbir ante la  difícil situación” del país (21) durante el período de la guerra civil, especialmente la década del ochenta (García, 2011, p.2).
Es evidente, pues, que en Guatemala el microrrelato se vuelve un acto subversivo; una herramienta de escape y lucha en la sociedad hundida y fragmentada por la guerra.

Así, aunque la ficción breve existe desde hace muchísimo tiempo y el relato breve comenzó a difundirse a principios del siglo XX, es hasta finales de este que cobra importancia y se populariza, tanto entre los escritores, como entre los críticos literarios (Rojo, 2009). Y no es de extrañar, ya que como dice Zavala (en Larrea):

“tal vez por el ritmo vertiginoso de la vida cotidiana urbana; por la brevedad de los espacios marginales en las revistas y los suplementos culturales, (…) por la naturaleza fragmentaria de la escritura en los medios electrónicos y, más que nada, por la paradójica sensibilidad neobarroca, próxima a la violencia del detalle repentino, irónico y parabólico que encontramos en otros terrenos del arte contemporáneo” (Larrea, 2001-2002, pp. 2-3).

El tema de la posmodernidad centroamericana es bastante largo y complejo, sin embargo, me detengo aquí, pues considero que para ampliarlo y retomar otros aspectos, es pertinente tratarlo con más calma, en otras entradas, en un futuro cercano.

Bibliografía y videografía consultada:


  • García, C. (2011) Guatemala: microrrelatos en el fin de siglo. ISTMO [en línea]. Julio-Diciembre 2011, nº 23. Recuperado de: http://istmo.denison.edu/n23/articulos/19.html
  • Leyva, H.M. (2010). Crítica literaria y exploración de las sensibilidades. Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura centroamericana de posguerra (2010), de Beatriz Cortez. Revista ISTMO [en línea]. Julio-Diciembre 2010, nº 21. Recuperado de: http://istmo.denison.edu/n21/resenas/2_leyva_hector_form.pdf
  • Mackenbach, W. (2004). Después de los pos-ismos:¿ desde qué categorías pensamos las literaturas centroamericanas contemporáneas?. Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos, 8, 23. Recuperado de: http://istmo.denison.edu/n08/articulos/pos_ismos.html
  • Rincón, R [Rafael Rincón]. (2016, junio, 16) Tres características de la Posmodernidad [archivo de video]. Obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=A6Dog58TiLU
  • vitsixd. (2014, mayo, 25). Modernidad y Posmodernidad [archivo de video]. Obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=lm8U9HeRsc8
  • Zavala, L. (2002). El cuento ultracorto bajo el microscopio. En RLit, LXIV Nº128

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